La leyenda vuelve a demostrarlo: Ocarina of Time en su versión remake sigue siendo una experiencia que deja sin palabras. El clásico de Nintendo no ha perdido ni un ápice de su magia.
Han pasado décadas desde que Link salió por primera vez de la Aldea Kokiri y el mundo del videojuego no ha vuelto a ser el mismo. Ahora, con el remake de The Legend of Zelda: Ocarina of Time en las manos, queda claro por qué este título lleva años coronando todas las listas de los mejores juegos de la historia. No es nostalgia, es pura y dura calidad atemporal.
Quienes han tenido la oportunidad de probarlo describen una experiencia que actualiza lo visual y lo técnico sin traicionar ni un segundo la esencia del original. Hyrule luce mejor que nunca, pero el alma del juego —sus puzzles, su música, su narrativa épica— permanece intacta, lista para conquistar tanto a veteranos como a nuevas generaciones de aventureros con orejas puntiagudas.
Si esto no os da ganas de sacar vuestra figura de Link del expositor y ponerla en el lugar de honor que merece, no sé qué lo hará. Ocarina of Time es, sencillamente, sagrado.


